Unidad

1864 “Alomar Uriach” Una apuesta de futuro 2ª Cápsula

Como ya os comentamos en el post anterior, estamos de celebración y en este post os ofrecemos la segunda cápsula que esperamos os guste.

Se lavó la cara y miró al espejo, esa noche no había dormido bien. Estaba preocupado, hacia días que una idea le rondaba la cabeza, no podía dejar de pensar en su conversación con Alomar. Quizás él tenía razón, hacía años que se conocían y pasaban largas horas discutiendo sobre como los tiempos estaban cambiando.

Joaquín Alomar era farmacéutico, tenía 31 años y regentaba una pequeña farmacia en el barrio del Born cerca de la droguería Vilaclara. En aquellos tiempos los farmacéuticos eran pequeños artesanos que hacían fórmulas magistrales a través de métodos tradicionales. Los nuevos medicamentos industriales, estaban ahogando sus negocios, llegaban desde Francia, Inglaterra, Estados Unidos, Alemania, eran muy baratos y se vendían en todo tipo de establecimientos.

En cambio los drogueros eran hombres de negocios formados en el arte del comercio que suministraban las materias primas a las farmacias. Y vieron en esta nueva situación una oportunidad de crecimiento para unir dos actividades hasta entonces muy diferentes.

Al salir de casa para ir a trabajar, Juan se decidió. Asociarse con un farmacéutico era una opción de futuro, él conocía el negocio, quería hacerse cargo del traspaso de la droguería y Alomar tenía los conocimientos técnicos necesarios.

La nueva sociedad “Alomar y Uriach” para la venta y distribución de productos químicos requirió de la inversión de 245.014,13 pesetas. Durante los primeros años las ganancias fueron escasas, apenas podían sostenerse dentro de la esfera social en que vivían, pero poco después llegaron a formar un capital respetable.

El negocio había crecido, la pequeña Droguería del Born era insuficiente y las instalaciones fueron trasladadas a la cercana calle Montcada, ocupando los bajos de un antiguo palacete gótico. Las cajas se amontonaban, los sacos de productos químicos llenaban el espacio, un largo mostrador presidia la entrada y los más de 30 trabajadores corrían de un lado a otro.

 

Jordi Sequero y Judith Entrena. Fundació 1838

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